Crónica de lo que no debió ser (Columna del Reforma 25/12/09)

Crónica de lo que no debió ser
Por Lorenzo Meyer

En
su libro de entrevistas, Carmen Aristegui conduce al lector con
agilidad e inteligencia por los laberintos de una transición que no
cuaja


Un libro
 
La lectura de 26 entrevistas hechas por Carmen Aristegui
(magníficamente ilustradas por 52 fotografías de Ricardo Trabulsi) en
torno a la historia política reciente de México, y publicadas bajo el
título Transición. Conversaciones y retratos de lo que se hizo y se
dejó de hacer por la democracia en México (Grijalbo, 2009), constituye
un mapa básico del camino -y de los obstáculos, sobre todo, los
obstáculos- recorrido por nuestro país de 1988 a la fecha en su
dramática búsqueda por encontrar la fórmula política que sustituya a la
que estuvo vigente desde el triunfo del carrancismo hasta 1982. Es una
lectura rica en ideas y donde abundan las interpretaciones, las
hipótesis (algunas presentadas como certezas), las acusaciones y las
justificaciones, las propuestas pero también las incógnitas, las dudas,
las contradicciones, los antagonismos, las frustraciones y, sobre todo,
los temores.

 
 
La historia de apenas ayer y que aún no concluye
 
La historia del pasado más o menos lejano se escribe teniendo como base
documentos y las obras de quienes nos precedieron en la tarea. En
contraste, la historia del pasado reciente, y donde el lector fue
testigo e incluso actor de lo que se relata, tiene que lidiar con la
falta de perspectiva y el que muchos archivos aún no están abiertos.

A cambio de los inconvenientes tiene una ventaja: puede recurrir a sus
propios recuerdos y a la entrevista de quienes fueron o son actores o
testigos de lo que se busca historiar. Y es aquí donde entra el buen
oficio de periodistas como Carmen Aristegui, que al formular las
preguntas pertinentes -basadas en un conocimiento sobre el tema- e
insistir en ellas para ahondar y poner al descubierto lo relevante, da
vida a una información que, en sí misma, es ya una historia pero
también una rica fuente para quienes busquen recrear e interpretar en
el futuro lo que es el México del presente.

 
 
El punto de partida
 
Aristegui decidió tomar la conflictiva elección de 1988 como inicio de
la transición mexicana del autoritarismo a un nuevo régimen, en
principio democrático. Y desde el arranque se plantea su significado.
Para Manuel Bartlett, entonces secretario de Gobernación, no hubo
ningún fraude ni el sistema electoral "se cayó", pero quien ganó,
Carlos Salinas, no supo hacer creíble su triunfo; obviamente en esta
afirmación le acompaña el ex presidente Miguel de la Madrid. Jorge
Carpizo, en cambio, sostiene que Salinas triunfó pero hubo fraude, y
ese fraude consistió en subir el porcentaje para que el candidato del
PRI superara por 0.71 por ciento el simbólico 50 por ciento de los
votos emitidos. En contraste, el grueso de los entrevistados parte del
supuesto que a la transición mexicana la marcó un fraude. Desde luego,
ése es el punto de vista de Cuauhtémoc Cárdenas, Rosario Ibarra o
Carlos Monsiváis, pero incluso Manuel Camacho admite que en el 88 "Hubo
múltiples irregularidades" y, apremiado, termina por aceptar: "Sí [hubo
fraude], hubo cosas muy graves en la elección".

 
 
En el inicio: el acuerdo Salinas-PAN
 
Si la transición se inició con la crisis del 88, su naturaleza quedó
definida desde entonces y hasta ahora por un acuerdo entre Salinas y el
PAN que se fue tejiendo en las 100 o 200 entrevistas que Diego
Fernández de Cevallos tuvo con Salinas (en promedio, una entrevista
cada 22 o cada 11 días, según el caso). El líder entonces del PAN, Luis
H. Álvarez, hoy dice que "me convencieron" que, a pesar de su carácter
ilegítimo, era mejor negociar con Salinas como Presidente que oponerse
a él. Pero a la luz de lo ocurrido "francamente no sé si hicimos lo
correcto". Para Roger Bartra, Salinas, "un hombre extraordinariamente
inteligente, hábil, [y] sin escrúpulos", consolidó con el PAN la
"alianza modernizadora" de las derechas. Para Bartlett, no hay nada de
modernizador en esa alianza donde los tecnócratas y el PAN simplemente
"[tomaron la] decisión de sacrificar al pueblo de México para salir
adelante". Camacho, en su momento, le propuso a Salinas intentar
negociar con la izquierda, pero el de Agualeguas no aceptó y optó por
armar "el pacto conservador" -los cambios constitucionales en torno al
ejido, a la Iglesia, etcétera, demandados por el PAN- que persiste
hasta hoy y que ha desembocado en lo que Porfirio Muñoz Ledo define
como "una coagulación oligárquica".

Miguel de la Madrid, el responsable de que Salinas llegara a la
Presidencia, finalmente se arrepintió de su decisión. "Me equivoqué",
dice, al dejar tamaño poder en manos de un inmoral y de su familia.
Para el ex Presidente, "es posible" incluso que Salinas se haya
embolsado la mitad de la partida secreta de que disponía como
presidente (al final, Aristegui explica cómo Salinas llevó a su ex jefe
a retractarse).

 
 
El 2000
 
Miguel Ángel Granados Chapa no le da ningún crédito a Ernesto Zedillo
como arquitecto del cambio en el 2000, pues a él simplemente se le vino
encima la transición. Y a Fox, el ganador, lo define como "un no
político, un hombre ignorante de la vida pública", frívolo que
simplemente se benefició del hartazgo ciudadano con el PRI y se
convirtió en Presidente. Fox sólo daba "para ayudante del jefe de Coca
Cola de León", dice Monsiváis. Como sea, el "pacto conservador" se
mantuvo y el cambio se redujo a que Los Pinos quedaran con el PAN y la
oposición de derecha a cargo del PRI.

Según Jorge Castañeda, a Fox se le propuso usar su enorme legitimidad
para lanzarse contra el PRI vía una reforma del Estado que desmantelara
el corporativismo, pero Fox prefirió sostener al PRI como aliado y que
el gran capital diseñara el gabinete -Roberto Hernández puso a Gil Díaz
en Hacienda. A Fox el cambio le quedó grande, el haber logrado "la
transición" fue suficiente. El hombre de San Cristóbal mismo confirma
esta visión de manera espectacular: no se arriesgó a que Carmen
Aristegui lo entrevistara -tampoco Salinas o Zedillo aceptaron ser
interrogados- pero mandó un escrito. En ese documento, Fox se regodea
en los prolegómenos, pero al llegar al momento de la verdad, cuando ya
tuvo el poder, todo lo que tiene que decir ¡lo resume en un par de
líneas!: "Y así pasaron los seis años. Y hoy Marta y yo estamos los dos
de nuevo cabalgando juntos". Y vaya que sí cabalgan, pero como la
pareja más frívola e irresponsable que haya ejercido el poder en México.

 
 
El 2006
 
El fracaso del foxismo culminó con las elecciones del 2006. Para Andrés
Manuel López Obrador, la oligarquía se robó esa elección y tiene
secuestrado al Estado. Para Carlos Ugalde, no sólo no hubo fraude, sino
que ésas fueron "las elecciones más equitativas que ha tenido México",
opinión compartida, en lo fundamental por Alonso Lujambio y José
Woldenberg. Miguel de la Madrid, en cambio, deja abierta la puerta al
fraude con un "Puede ser".

 
 
¿Dónde estamos?

Para Denise Dresser, el sistema político mexicano no ha cambiado su
esencia pues hoy "hay más jugadores, pero el juego sigue siendo el
mismo", cosa que acepta Francisco Labastida al señalar que con la
alternancia "…no pasó nada. Los problemas se agravaron incluso".
Fernández de Cevallos asegura que el viejo sistema "…¡nunca se ha
ido!", y en eso, y sólo en eso, coincide con López Obrador, que
justamente porque lo viejo no se ha ido, afirma que México vive una
"dictadura encubierta". Carlos Fuentes no va tan lejos y simplemente
concluye que la mexicana "[e]s una transición con mala suerte… Es una
transición malhadada". Granados Chapa califica de interrumpida a esa
transición que, al final, no logró lo único que la puede justificar:
una redistribución del poder en beneficio de la mayoría.

 
 
¿Qué hacer?

Manuel Camacho teme que de no haber un cambio encabezado por una
izquierda que deje de polarizar y sepa negociar, el "bloque
conservador" termine por consolidarse y gobernar por muchos años. De
ahí que Monsiváis concluya: "Lo [que] ves hoy muy mal, mañana estará
peor". Para Granados Chapa, de no haber un cambio en la estructura
social, el país mismo "se puede romper".

López Obrador resulta ser aquí un optimista, pues no tiene duda: es
posible dar forma a un gran movimiento social pacífico que, a semejanza
de la época cardenista, recupere el poder político para las mayorías.
Bartlett coincide con esta posición pero Muñoz Ledo va más lejos al
apuntar la posibilidad de que, por el tamaño del fracaso de la
transición, este sexenio no termine normalmente y haya una revocación
del cargo, que no mandato, de Felipe Calderón y que entonces se abra la
posibilidad del cambio pospuesto.

Vale la pena que el ciudadano lea este trabajo de Carmen Aristegui y
llegue a su propia conclusión. Como sea, Manuel Espino tiene razón: aún
no salimos de la transición y el gobierno de Felipe Calderón sigue
polarizando a México.

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